Vaivén

Te levantas y abandonas la cama, escenario nocturno de pasiones que vienen y van. Caminando hacia la ventana, enciendes un cigarrillo. Ni siquiera te vuelves para ver cómo duerme. No te hace falta, sabes de sobra qué cara pone cuando sueña por las mañanas. La luz del día convierte la habitación en una especie de refugio, tuyo y de nadie más.

Te frotas los ojos y ves los coches pasar a través del cristal. Hace horas que la ciudad está en marcha. Sacas el humo y observas cómo flota sin prisas hacia el techo. “Tengo que dejar de fumar”, piensas. Hay tantas cosas que deberías dejar… Echas un vistazo rápido a la cama. Ahí, durmiendo, está el primer vicio que deberías dejar. Siempre estáis igual. ¿Cuántas veces te has jurado que sería la última? Y la última nunca llega, porque tarde o temprano acabas cayendo, como un tonto. Es como un bucle sin fin. Y es en momentos como éste, cuando estás contigo mismo, en los que te das cuenta. Te reprochas la debilidad que hace que te dejes llevar. “¿Cómo soy tan idiota?” te dices.

Oyes sus pasos descalzos que se acercan hacia ti. Ya sabes qué viene ahora: un abrazo, un beso en la mejilla, un susurro cariñoso en el oído. Evitas escucharlo, porque cualquier cosa que haya dicho es mentira. Te nota distante, sabe que hoy no entras en el juego. Se acerca a tu escritorio, lleno de papeles desordenados. Intenta sacar tema.

-¿Estás escribiendo?

Mientes: -No.

-Mientes. ¿Qué escribes? – Te sonríe.

Te molestas. Odias que te conozca tan bien. –Nada. No es cosa tuya.

Se queda cortada. Le darías un beso y le pedirías perdón, pero no lo haces. Mira al suelo, como si estuviera incómoda. Decides ignorarla, tiras la colilla por la ventana y te vas a la cocina. Preparas café para uno. ¿Cómo puede alterar tu humor de esta manera? Hace apenas unos minutos dormías abrazado a ella, horas atrás casi os jurabais amor eterno… ¿A qué jugáis? Pasáis de acostaros con la certeza mutua de que os amáis a casi odiaros cuando amanece. Hace tiempo que la razón no golpea a vuestras puertas.

Oyes la puerta de la entrada cerrarse. ¿Se ha ido sin más? La llamas. No contesta. Se ha ido. Respiras tranquilo. Notas cómo tu cuerpo entero se calma, cómo cada músculo deja de estar en tensión. Vuelves a sentir que tu casa es tuya. Hasta tu café sabe mejor. Enciendes otro cigarrillo, te relajas por fin. La apartas de tu cabeza, ahora que ya se ha apartado de tu vista. Y, de repente, rompes a llorar.

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2 pensaments sobre “Vaivén

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